«Busco a mi hijo, es bajito y lleva mochila»: El día a día de un conserje ninja.

Entra un espécimen por la puerta del instituto. Dice ser «padre», aunque por su cara bien podría ser un turista buscando la sección de congelados. El diálogo que sigue es una joya del surrealismo moderno, digna de un estudio psiquiátrico profundo:

Buenos días, busco a mi hijo —dice el sujeto, convencido de que su linaje es de conocimiento público.
¿En qué grupo está? —pregunta el conserje, con la esperanza de alguien que aún cree en la humanidad.
¿Grupo? ¿Eso se come?
¿Qué curso hace? —insiste el conserje, bajando el listón.
Pues… me pillas en frío. No sabría decirle.
¿La edad? ¿Sabe usted cuántas veces ha orbitado el sol su pequeña bendición?
¿Edad…? —responde el individuo, mientras su única neurona funcional lucha por no apagarse.

No, no es un sketch de los Monty Python, aunque ya les gustaría a ellos tener este guión. Es el día a día de un centro educativo: padres que tienen tantas «preocupaciones» y «cosas en la cabeza» que recordar el año en que trajeron a un ser humano al mundo les parece astrofísica.
Porque claro, los pobres conserjes no tienen nada mejor que hacer que jugar a las adivinanzas con el árbol genealógico de un despistado. Bastante tienen ya con intentar que la fotocopiadora no se convierta en un lanzallamas industrial —esa máquina del demonio que huele el miedo y se atasca solo por placer sádico— o evitar que el centro salte por los aires por pura combustión espontánea como para saber la ubicación de los cerca de 1.500 alumnos inscritos en el centro.

Al parecer, para ser conserje ahora te piden el postgrado en CSI Las Vegas, dotes de vidente y la paciencia de un monje tibetano con sobredosis de valium. Pero como no podemos descifrar los misterios de por qué esta gente tiene permitido reproducirse, te traemos una solución para no acabar en la cárcel por torturar progenitores: MaoApp.

Nuestra herramienta de búsqueda es tan eficiente que no necesita que el padre active su lóbulo frontal. Con solo un nombre, un apellido o cualquier fragmento de información que no sea «es bajito y lleva mochila», MaoApp localiza al alumno en tiempo real.
Ubica la clase exacta sin tener que hacer una sesión de espiritismo ni pedir una prueba de ADN. Fácil, elegante y, sobre todo, diseñado para sobrevivir a la epidemia de amnesia parental que asola nuestros institutos.
MaoApp cuida no solo al equipo directivo, cuida a toda la comunidad educativa del centro, desde el conserje que ya no tiene que interrogar a amnésicos funcionales, hasta el profesor que reza para que el sistema le diga dónde diablos se ha metido el niño que falta. MaoApp es el pegamento que evita que el centro educativo se convierta en una versión escolar de Los Juegos del Hambre. Básicamente, es la herramienta que mantiene la Paz para que nadie tenga que llamar a recursos humanos… o a la policía.

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